http://www.elcastellano.org/span2.html
Xosé
Castro Roig, 2001. xose@xcastro.com
Texto
de la ponencia El español comercial, el ciberespanglish y el español neutro
en la Red, dentro del Second Seminar on the Transatlantic Dimension of the
Spanish Language, Two Languages in Contact: Spanish and English, organizado por
el Instituto Cervantes de Nueva York, del 14 al 16 de marzo del 2001. Publicado
inicialmente en Publicado inicialmente en la revista "Apuntes..." (www.spansig-apuntes.org)
En
este seminario se ha planteado, desde un punto de vista científico, la
existencia de eso que llamamos espanglish o espanglés y que, en la mente de
muchos de los aquí presentes quizá podría definirse como 'esa especie de jerga
que hablan algunos hispanos de los Estados Unidos, en la que se mezcla inglés y
español'.
Sin
embargo, como ha quedado claro en la intervención del resto de los ponentes y
especialmente en la magistral lección de Humberto López Morales y en la precisa
exposición del profesor Otegui, estamos ante un caso de interferencias
lingüísticas, aunque parece que la costumbre de nominar conceptos pueda
llevarnos al engaño de pensar que en realidad existen como tal. Cuando se habla
de espanglish, da la sensación de que se habla de un dialecto, de una futura
lengua... de la «lengua del futuro», se ha oído. Se conjetura sobre él en
términos futuristas y se oyen desatinos como que «en el futuro se hablará
espanglish» o «el espanglish es un síntoma de la libertad, de la creatividad
del hablante».
Más
allá de los ejemplos jocosos (manejar la troca, el rufo likea,
cuesta una cuora), el espanglish resulta comercial en Estados Unidos.
Prueba de ello son las publicaciones «redactadas en espanglish», los
diccionarios y últimamente los estudios universitarios sobre esta cuestión.
Desde mi punto de vista, el espanglish es un conjunto de interferencias, una
lengua franca, un proceso de comunicación lógico y comprensible entre personas
que acuden a una lengua foránea por desconocer la terminología correcta en el
suyo. Hablamos pues de un estructura comunicativa, mayormente léxica,
constituida, aunque no siempre, sobre carencias en las que, casi
inmediatamente, intuimos cierta marginalidad social. El espanglish es un medio;
darle categoría de lengua o dialecto es convertirlo en una meta;
concebirlo como una suerte de papiamento, lengua criolla o desenlace natural
del idioma español en Estados Unidos, peligroso.
En
el español de algunas regiones de México —por citar un ejemplo conocido y
cercano— hay adstrato de náhuatl y maya. Si seguimos criterios similares a los
del espanglish en los Estados Unidos, quizá podríamos estar hablando de un nahuañol
o un mayañol, para referirnos al futuro del español hablado en esas
regiones y darle categoría de lengua, y aun conjeturar sobre su estudio
universitario. Podríamos, pero no lo hacemos.
Pero
para centrarme en el título de mi exposición, lo que me preocupa es, entre
otras cosas, eso que yo denomino «ciberespanglish», el espanglish servido a
domicilio, en bandeja electrónica, a los hispanohablantes de todo el mundo, el
espanglish cultural.
Hoy
en día, el hablante tiene contacto directo con una gran cantidad de fuentes
originales de información, productos y servicios gracias a Internet. Y ya
sabemos que la lengua mayoritaria en la Red es el inglés.
Hasta
finales del siglo xix y, en algunos campos hasta mediados del xx, la ciencia
llegaba a nuestros países de la mano de los científicos. En aquellos años el
tiempo se medía en meses, semanas y días, pero hoy se mide en nanosegundos. Los
traductores, los transmisores de cultura, tenían un plazo algo más extenso para
adaptar al romance la terminología foránea que acompañaba a las nuevas
invenciones. El proceso de creación de neologismos era más tradicional y lento
que ahora. Hoy en día, los lectores de nuestros textos, de nuestras
traducciones, están en contacto directo con la tecnología aun antes que
nosotros y eso nos hace llegar al confuso supuesto de que «si el hablante
conoce la terminología en el idioma original, ¿por qué vamos a traducirla?». A
mi modo de ver, este peligrosísimo argumento está logrando dos cosas: 1) crear
una serie de «cibermarginados», de personas ajenas a ciertas tecnologías, a Internet,
a las computadoras, al conocimiento de otros idiomas, para los cuales, todo el
mundo de los bits, las páginas web y la inmediatez les resulta cada vez más
críptico y lo ve pasar como un tren veloz al que ya no sabe ni puede subirse en
marcha, y 2) emplear el inglés como lengua franca en muchísimos campos porque
consideramos que, ante la duda, los lectores y hablantes preferirán la palabra
inglesa antes que una traducción cuyo significado no sea fácil deducir. En
resumidas cuentas, el peligro que veo es que cada vez traducimos más no para
hispanohablantes sino para hispanohablantes que —creemos— saben inglés. El
espanglish a la carta.
Actualmente,
los jóvenes de todos los países hispanohablantes viven inmersos en una cultura
audiovisual, frente a la cultura más oral, radiofónica y lectora de
generaciones anteriores. ¿La principal diferencia es el formato? No, la
principal diferencia estriba en que la cultura audiovisual actual (cine,
televisión, cd-rom, Internet...) es principalmente una traducción del inglés, a
diferencia de la cultura de sus padres y abuelos que, aunque no exenta de
extranjerismos, no era tan permeable porque no había tal cantidad de «puertos
de entrada» de nuevas palabras. En las nuevas generaciones no se está
produciendo un simple cambio de vehículo cultural sino un cambio de conductor,
por así decirlo.
El
espanglish cultural se cuela en nuestra lengua por los más ligeros
intersticios, mediante elementos aparentemente insignificantes del idioma, como
las onomatopeyas en el español televisivo. En España, los niños pequeños
exclaman oh-oh porque los Teletubbies están mal traducidos y lo dicen
constantemente, aunque esta expresión de sorpresa sea inglesa e impropia del
español. También podremos oír en casi todos nuestros países expresiones
anglicadas como oops en lugar de uy, o yuk en lugar de
nuestros sonoros aj o puaj. ¿Acabarán nuestros gallos entonando
un cock-a-doodle-doo matinal en lugar del castizo quiquiriquí o
nuestros perros ladrando woofs en lugar de guaus?
A
muchos lingüistas, traductores, redactores... nos falta responsabilidad; quizá
porque nadie nos dijo que inherente a la labor de traducir y redactar está esa
parte mercantil y en ocasiones desagradable que consiste en domesticar
al cliente, defender tu idioma ante posturas comerciales perjudiciales,
convencerlo de que «la gente lo dice así» no es un criterio lingüístico serio
que uno pueda emplear indiscriminadamente. En ocasiones, nos comportamos como
árbitros de un combate de boxeo, nos hacemos a un lado y le decimos, por un
lado, a nuestro cliente y por otro, al hablante o lector de los textos, que se
aticen sin mancharnos; nos convertimos en meros transmisores de palabras, ya no
de mensajes.
Sin
mucha necesidad de esfuerzo, vamos dejándonos palabras valiosas por el camino. No
hablo de simples calcos y neologismos innecesarios sino de transformaciones
sustanciales de palabras castizas que, en este tira y afloja léxico, acaban
perdiendo alguna extremidad importante. En este camino pedregoso lleno de
baches anglicados, creemos que ganamos palabras, pero perdemos significados.
Por eso me pregunto: ¿qué ganamos con el verbo solucionar si teníamos el
verbo resolver? ¿Cómo hemos podido vender el sustantivo evento al
término inglés event cuando este es, en sus principales acepciones, un
antónimo del nuestro? Un evento es una 'eventualidad', algo que no puede
planearse ni preverse, algo que surge, una 'emergencia' (palabra que, por
cierto, también está desplazando a codazos en muchos contextos al sustantivo urgencia,
que no es sinónimo precisamente). Antes, asistíamos a congresos para dar
una conferencia; ahora se tiende a ir a conferencias para dar presentaciones,
algo no del todo incorrecto, pero que deja un tufillo inglés a su paso. La
moralista palabra española honestidad pierde cierto decoro y engorda
engulléndose los significados de eso que llamamos 'honradez', 'sinceridad' y
'franqueza'. En muchas empresas estadounidenses con sede en países
hispanohablantes —especialmente fabricantes de programas informáticos— cuentan
con un departamento de «Soporte técnico» (eso que en la mayoría de las empresas
hispanohablantes se denomina asistencia técnica o servicio técnico)
y, lo que es peor, con un departamento de «Soporte al cliente», así que ya no
nos ayudan, sino que «nos soportan». En casi todas partes, además, somos usuarios
de algo, y por el camino vamos dejando de ser 'hablantes', 'viajeros',
'huéspedes', 'pacientes', 'enfermos', 'consumidores', 'clientes', 'lectores',
'destinatarios', etcétera. Sí, usuarios de libros y usuarios de hospitales
leí hace menos de un mes en una conocida revista española.
La
ortotipografía clásica ya empezó a temblar con el acceso de los hablantes a la
tipografía, en virtud de las computadoras y las impresoras. Los empleos de
tipógrafos tradicionales han sido diezmados por la informática. En la
tranquilidad de nuestro hogar podemos, redactar, componer e imprimir cualquier
texto en cuestión de segundos cuando sólo hace unos años deberíamos haber
recurrido a un editor, un tipógrafo y un impresor, pero ¿hemos tenido en cuenta
las normas ortotipográficas españolas? Muchos traductores estamos acostumbrados
a trabajar sobre una plantilla predefinida, sobre un texto escrito en otro
idioma, que sigue unas normas tipográficas foráneas. Los textos se componen (se
formatean, dicen ahora) de distinto modo en inglés que en español, y la
tipografía también es parte esencial de nuestra cultura. En las redacciones de
textos españoles traducidos del inglés empiezan a desaparecer masivamente el
punto y coma, las oraciones subordinadas, surgen pronombres personales por
doquier y se llenan, a menudo, de repeticiones vacuas, de construcciones
pleonásticas en nuestra lengua que pueden no serlo en la lengua de origen.
Los
textos ingleses, especialmente los estadounidenses, están redactados además en
un contexto social que dista mucho del de algunos países hispanohablantes. No
sólo debemos traducir palabras, términos, oraciones y significados sino
efectuar el trasvase cultural adecuado. En los Estados Unidos impera eso que se
denomina «cultura de la queja» y que ejerce una notable influencia en la
redacción de textos técnicos, instrucciones y ya no digamos de documentación
jurídica y financiera.
Hace
tiempo, un cliente me pidió que tradujera el manual de instrucciones (eso que
ahora se llama guía del usuario) de un cd-rom de juegos que empezaba más
o menos así:
1. Make sure you
have a cd-rom drive.
2. Open the
cd-rom drive.
3. Insert the Xyz cd-rom
in the cd-rom drive.
4. The Setup
program will start automatically.
5. Follow the
instructions on the screen.
Y
yo lo traduje de este modo:
1.
Introduzca el disco de Xyz
en la unidad.
2.
Siga las instrucciones que aparecerán en la
pantalla.
En
el contexto sociocultural de los Estados Unidos, se redactan así los textos
para evitar que el usuario cometa un error y demande a la empresa por una
incorrecta redacción de sus instrucciones, pero yo dudo que un lector
hispanohablante meta el disco del juego en otro sitio que no sea la unidad de
cd-rom. Mi cliente se echó las manos a la cabeza cuando vio mi osadía supresora,
pero se calmó bastante cuando vio —sin que mediara previo acuerdo entre
nosotros— que el traductor francés había hecho lo mismo en su versión.
Este
es el mismo motivo por el que las instrucciones de los hornos microondas de ese
país indican que «No pueden introducirse animales vivos» y por el que algunas
botellas de champán o vino espumoso llevan una etiqueta en la que se recomienda
no descorcharla apuntando a los ojos de otra persona. Huelga decir que estas
advertencias escritas tienen un precedente en sendos juicios contra un
fabricante de hornos y contra una empresa vinícola, condenados a indemnizar,
respectivamente, a una señora que convirtió su gato en un churrasco (aunque
sólo pretendía secarlo) y a un comensal algo torpe que dejó tuerto a su compañero
de mesa antes de llegar a comerse el pollo (¿o quizá sería churrasco también?).
Del
mismo modo estamos importando cuestiones sociales ajenas a nuestra realidad que
llegan montadas en el vehículo de la lengua, como los conflictos raciales que
han llevado a crear expresiones como «personas caucásicas y afroamericanas»,
eso que nosostros denominamos simplemente «personas blancas y negras»
sin que estas palabras escondan más significado peyorativo que el que quiera
darle el hablante. La concepción que tenemos de nuestra lengua los
hispanohablantes es distinta —ni mejor ni peor— de la que pueden tener algunos
estadounidenses. En español pueden emplearse las palabras negro, gitano
o judío, por citar tres, como meros adjetivos o bien, mediante una
inflexión y un cambio de contexto, convertirlos en sonoros insultos, aunque per
se no lo sean. Este hecho, propio de casi todas las lenguas, no nos lleva a
pensar en la necesidad de suprimir esas palabras para «neutralizar» su acepción
negativa. En español no hemos sentido la necesidad —al menos, por ahora— de
hablar de afrocolombianos o afroperuanos. Por eso, es paradójico
pero habitual leer documentos en los que se presenta cierta asimetría en el
tratamiento de la sociedad de un país y de otro. En un documental recientemente
emitido en la televisión española, se hablaba de las raíces africanas de muchas
corrientes musicales actuales y hacían referencia a la población negra de
varios países del mundo, pero cuando hablaban de la estadounidense, decían afroamericana.
Algo
así ocurre con el problema del sexismo, tan candente en el idioma inglés de los
Estados Unidos. El contexto lingüístico de nuestra lengua es muy distinto, pero
se nota cada vez más la influencia de los textos ingleses redactados de una
manera políticamente correcta. La importación de ciertos patrones
lingüísticos antisexistas en inglés viene acompañado de una discusión —a veces
injustificada e innecesaria— sobre el sexismo en nuestro idioma, pero planteado
sobre la base del modelo anglófono. Sobre esta cuestión no es necesario abundar
mucho, pues queda bien explicada en el libro ¿Es sexista la lengua española?,
de Álvaro García Meseguer, del que puede leerse un compendio en
http://xcastro.com/meseguer.html.
En
español, la aplicación de este political correctness (que a mí me gusta
traducir como 'eufemismo histérico') ofrece situaciones incluso divertidas,
dada la confusión de algunos entre género gramatical y sexo animal que los
impele a duplicar sustantivos para —dicen— «no discriminar a nadie» (ya saben: asistieron
al acto abogados y abogadas, los niños y niñas de nuestro país,
etc.). Y si no, intenten aplicar estas normas «antisexistas» a oraciones como
estas: La mayoría de mis amigos son mujeres. Departamento de relación con los
proveedores. Todos los aquí reunidos.
Quizá
sea también espanglización cultural la que lleva a algunas personas a
preguntarse por qué los Estados Unidos «no tienen Academias de la lengua ni las
necesitan» y a reclamar menos diccionarios académicos y normativos y más
diccionarios de uso, «como los estadounidenses» (sic), en los que quede
plasmada el habla de la calle, «lo que dice la gente, la verdadera lengua».
Muchas de las personas que tienen esta opinión —no todas— reclaman, al mismo
tiempo, que todos los diccionarios, normativos o de uso, eliminen ciertos
términos supuestamente racistas o machistas, como judiada, pensando,
erróneamente, que con la supresión de una palabra concluye también la idea
discriminadora o peyorativa que la originó. Este tipo de censura, supuestamente
progresista, le recuerda a uno aquella otra censura reaccionaria, según la
cual, suprimiendo las palabras malsonantes del diccionario, los hablantes
dejarían de decirlas, como si el habla se fundamentase en los diccionarios y no
al revés. Esta idea contradice su principal petición de reflejar el verdadero
uso del idioma en los lexicones. (Al hilo de esto, los invito a leer mi
artículo http://xcastro.com/drae1.html.)
En
el trasvase de textos foráneos a nuestra lengua creo que debemos tener en
cuenta al hablante, al público a quien va dirigido. Con esto en mente, existen,
en mi opinión, cuatro categorías generales:
1.
hablante eminentemente técnico;
2.
el gran público;
3.
hablante residente en país de lengua
distinta, y
4.
hablantes con conocimientos de la lengua
original.
En
la primera categoría entrarían los textos muy técnicos y documentación interna
destinada a ingenieros y científicos que dominan una materia y que podrían no
entender nuestra traducción de algunos conceptos que ellos siempre nominan en
la lengua original (inglés en este caso). Recuerdo el caso de un texto complejo
sobre la nueva tecnología umts de comunicaciones internacionales inalámbricas,
que es novedosa en muchos casos y tiene un gran número de términos nuevos.
En
la segunda categoría está el gran público: los radioyentes, los lectores de la
prensa diaria, los telespectadores. De hecho, el texto técnico citado antes
sufrió pequeñas modificaciones y tuvo que ser traducido para la prensa diaria
española. El traductor debe adoptar entonces otra actitud ante la terminología
técnica porque el principal objetivo es que el lector, lego o no, comprenda el
mensaje. Así pues, un mismo término técnico como bts (siglas de Base
Transceiver Station) se convierte en antena si va dirigido al gran
público porque aunque una bts es algo más que una simple antena, su principal
cometido y significado para el gran público será ese.
En
la tercera estarían englobados, por ejemplo, los hispanohablantes que residen
en los Estados Unidos. Creo que aquí es importantísima la conciencia educadora
de los traductores. Somos transmisores de cultura. Gran parte de nuestros
conocimientos nos llegaron traducidos por antiguos traductores que hicieron lo
posible por adaptarlos correctamente a nuestro idioma y a nuestra realidad. Si
somos de los que consideramos que eso que entendemos como espanglish
(principalmente, un gran número de interferencias léxicas) es más un problema
que una solución, debemos asumir nuestro papel educador como traductores. Si
sabemos que en un texto dirigido al mercado estadounidense hispanohablante no
podemos usar palabras como carretera , autopista o avenida
porque se supone que los hispanohablantes entenderán mejor otras como highway,
parkway o route (y aquí habría que preguntarse qué planteamientos
lingüísticos y estadísticos manejamos al respecto), deberíamos cuestionarnos,
como traductores, sino debemos ayudar al lector a conocer los equivalentes
españoles de esos términos pues es su lengua al fin y al cabo.
¿Cuál
es el objetivo de traducción? ¿En qué punto colocamos el listón de las palabras
que no traducimos y las que sí traducimos? ¿Destinamos nuestra traducción a
hispanohablantes nacidos en los Estados Unidos que dominan mejor el inglés que
el español o, al contrario, a hispanohablantes que dominan mejor el español que
el inglés? ¿Nuestro trabajo debe ser educativo o meramente informativo? ¿Somos
meros comunicadores o somos adaptadores? En cualquier caso, podemos echar mano
de ciertas fórmulas intermedias, como traducir el término inglés entre
paréntesis la primera vez que aparezca en el documento y, a partir de ahí,
emplearlo siempre en inglés... o siempre en español, según creamos conveniente.
En
los contratos jurídicos es habitual ver este tipo de construcciones:
La empresa Construcciones y Derribos Hermanos Méndez y
Asociados (en adelante, «la empresa») acuerda que...
Del
mismo modo, si tenemos una presión por parte de un cliente para emplear tal o
cual término en inglés, podemos emplear fórmulas similares en traducciones
destinadas al mercado hispanohablante de los Estados Unidos, verbigracia:
Nuestra empresa le ofrece una stock option ('opción de compra de acciones') que
sabemos que se adapta a sus planes. Estas stock options serán...
O
bien:
Nuestra empresa le ofrece una opción de compra de acciones
(stock option) que sabemos que se
adapta a sus planes. Estas opciones de compra serán...
En
la cuarta categoría, muy similar a la tercera y cada vez más abundante, nos
encontramos con hablantes y lectores que están en contacto simultáneo con la
tecnología tanto en inglés como en español. Eso ocurre constantemente con la
informática. Los internautas hispanohablantes viven en un mundo en el que se
cruza email con correo electrónico, reply con responder,
links con enlaces, etcétera. En esta situación, el traductor y el
redactor de textos de esta índole deben tener muy claro su papel. Es este el
campo en el que más se esgrime la teoría traductológica según la cual,
«traducir términos del inglés que a uno le consta que el hablante emplea en
inglés es ir contracorriente». Este tipo de planteamientos cuestionan la
existencia del traductor como tal, borran de un plumazo a los hispanohablantes
que no dominan otras lenguas y deja el papel del traslado cultural en manos de
empresas, fabricantes y proveedores de servicios.
Este
espanglish tecnológico o ciberespanglish, el de los textos redactados en
español, pero puntuados en inglés, plagados de léxico inglés (sustantivos,
adjetivos, verbos), mal traducido o traducido a vuelapluma mediante calcos o
adaptaciones macarrónicas, es verdaderamente problemático pues como aquel
espanglish de los Estados Unidos, no contribuye a mejorar ni el inglés ni el
español, y tampoco mejorará la comunicación de los angloparlantes que no hablen
español ni de los hispanohablantes que desconozcan el inglés.
En
resumidas cuentas: traduzcamos, vertamos y convirtamos las culturas ajenas a
nuestra realidad, defendamos el idioma —el español, el inglés, el que sea—,
creemos neologismos necesarios y perpetuemos nuestra lengua con el respeto con
que otros nos transmitieron la cultura y el idioma anteriormente. Nosotros no
perduraremos; la lengua sí.